La timidez le impide casi el contacto directo a los ojos cuando le hablan. Resopla con cierto agobio cuando se observa centro de atención. No es lo suyo, y le cuesta, aunque lo lleva con toda la amabilidad y educación del mundo porque va con el cargo y con el protagonismo que se ha ganado en este Wimbledon de ensueño, en semifinales contra Novak Djokovic (hoy, a las 14.00 horas, Movistar y ABC.es).

«Es algo de lo que tiene que sentirse orgulloso y por lo que ha trabajado mucho tiempo. Aquí no se regalan semifinales de Grand Slam y tiene que convencerse de que, no es que sea su sitio, sino que si está es porque ha merecido ese puesto», expresa su entrenador Pepe Vendrell. Pero no ha llegado aquí por un momento puntual, sino por un proceso de mejora y convicción largos, con muchos altibajos tenísticos y personales que, sin duda, lo han hecho más fuerte, más capaz, más preparado para todo. Incluso para Djokovic.

Tranquilo, serio y calmado en apariencia dentro de la pista, no difiere demasiado de su carácter fuera de ella. Aunque no ocultaba en la previa que ahora estaría mucho más liberado, sonriente y despreocupado entre sus amigos en Ibiza, en su despedida de soltero. Pero qué bien se está en Londres un día más. «Es una persona muy sencilla, muy estable, muy asentada en rutinas. Se siente cómodo en el día a día. Es su zona de confort», continuaba Vendrell.

En el tenis ha encontrado ese refugio en el que apoyarse y en el que crecer. Propietario de una yeguada, disfruta y se relaja con sus paseos a caballo. Buen jugador de fútbol, abandonó las categorías inferiores del Villarreal y quién sabe si una gran carrera con el balón, y enfocó su futuro en la raqueta. Con la que ha construido sueños y palmarés (nueve títulos) y a la que se ha agarrado como un salvavidas cuando los peores golpes llegaron de fuera de la pista.

En los Juegos Olímpicos de Río 2016 pocos sabían que Joaquín, su padre, por quien empezó en el fútbol, había tenido un grave accidente mienras cuidaba los caballos. Porque ahí estuvo Bautista, defendiendo españolía, sacrificio y orgullo. Y recibiendo el cariño de sus compañeros, Rafael Nadal y Marc López, cuyas primeras palabras tras conquistar el oro a él fueron dirigidas.

También estuvo en Roland Garros 2018, emocionalmente descompuesto porque pocos días antes falleció su madre, Ester, de forma repentina. «No es fácil de manejar, pero no quería quedarme encerrado sino luchar como siempre lo he hecho», confesaba. Cada vez que gana un partido, su mirada y el dedo se dirigen al cielo, una cariñosa y humilde dedicatoria de quien fue clave para ser el tenista y, sobre todo, la persona que es hoy: fuerte, trabajador, en mejora continua. «Hay que darle las gracias al tenis porque nos ha permitido seguir adelante. Es un mundo en el que tienes que estar muy enfocado y le ha hecho evadirse un poco de esas situaciones personales tan extremas», incidía Vendrell, emocionado por la fortaleza de su pupilo.

Hoy, Bautista intentará devolver todos los golpes con la raqueta para volver a mirar al cielo.