En esta España modernizada, con reparto continuo de imágenes, vídeos desde dentro para conocer cómo se cocina el día a día en Las Rozas, entrevistas íntimas o encuestas en las redes, había cierto interés en el correo de turno del departamento de comunicación para comprobar cómo había sido la llegada de los internacionales a la residencia de la Ciudad del Fútbol. Ya no tiene morbo el encuentro entre Sergio Ramos y Luis Enrique, resuelto el debate desde el primer día con esa carantoña y el exagerado reparto de piropos entre el jefe y el capitán, así que el lunes, poco apetecible en todos los sentidos, quedó para que las cámaras se centraran en Jordi Alba, indultado por el seleccionar y reinsertado ahora que España se la juega. El combinado nacional debe ganar el jueves en Zagreb ante Croacia para asegurar su presencia en la final a cuatro de la Liga de las Naciones (cualquier otro resultado obliga a esperar al Inglaterra-Croacia) y ahí estará Alba, más feliz que una perdiz en la vuelta al cole. (Horario y dónde ver el Croacia-España)

Enfundado en un abrigo negro con capucha para cobijarse de la lluvia, que asomó el lunes con insistencia, llegó poco después de las 12.30 junto a Sergi Roberto y Mario Hermoso, consciente de que era el hombre del día. Y en el recibidor se sintió internacional de nuevo, aunque con la ilusión de la primera vez, puede que incluso superior la euforia porque ha revertido una situación que parecía no tener remedio. Jordi Alba, 66 veces de rojo, regresaba a casa y ahí le esperaba Luis Enrique, que quiso aparentar una normalidad que no es tal. «Bienvenido», le soltó con una enorme sonrisa, algo sobreactuada, pero resolutiva al fin y al cabo (Así fue el reencuentro).

Que esté Alba en la dinámica de la selección española «es un alivio tremendo para todos», cuentan desde la Federación. Desde que aterrizó Luis Enrique en Las Rozas, se daba por hecho que por ahí habría noticia y más teniendo en cuenta el evidente deterioro de la relación, si es que antes la hubo, entre técnico y lateral cuando coincidieron en el Barcelona. El 8 de marzo de 2017, el Barça necesitaba una proeza para remontar el 4-0 de la ida ante el París Saint-Germain (octavos de la Champions), y Luis Enrique se arriesgó con un sistema de tres defensas que dejaba fuera a Alba (hubo hazaña, por cierto, con aquel brutal 6-1). La situación se repitió en los cuatro encuentros posteriores y la suplencia sentó al defensa como un tiro, tanto que llegó a celebrar abiertamente el relevo en el banquillo azulgrana. «Me irán las cosas mejor, seguro», exclamó cuando supo que entraba Valverde en el Camp Nou.

Dos convocatorias fuera
La vida puso a Luis Enrique y a Alba de nuevo en el mismo proyecto, mal negocio para el zaguero. En septiembre, el nombre del catalán no apareció en la pizarra. En octubre, su camiseta no colgaba del perchero. Pero en noviembre sí que estaba el cromo de Alba, suficiente había sido el castigo. Hasta entonces, Luis Enrique se encargaba, de manera poco creíble, de argumentar sus decisiones asegurando que no había rencillas personales, que él actúa siempre en función de los criterios deportivos. La excusa sonaba algo vaga y más viendo el estado de Alba, a un nivel estupendo desde el inicio de curso.

La selección, de este modo, desactiva una bomba muy peligrosa. A los futbolistas les incomodaba muchísimo el escenario porque tampoco comprendían que el lateral, de los mejores del mundo en su posición, no estuviera entre los 23 jugadores más destacados de España. De hecho, algunas fuentes apuntan a que hubo petición por parte de Sergio Ramos y Sergio Busquets, capitanes del equipo, pero otras lo desmienten porque a Luis Enrique no se le convence así. Él escucha, pero, visto está, tiene las cosas muy claritas sin necesidad de intermediarios.

Tanto que en todo este tiempo ha querido marcar territorio y demostrar que él es quien manda en la caseta, un entrenador de mano dura. Ambos personajes tienen un carácter fuerte e incluso puede que hayan pecado de orgullosos ya que no ha habido ninguna conversación previa antes de la lista que hizo pública el seleccionador el pasado jueves. Ese «bienvenido» (por la tarde, en el entrenamiento, ni se cruzaron) de ayer sofoca un fuego que estaba descontrolado.