Cada generación cree haber visto los mayores logros deportivos, los que quedarán para siempre. Pero en natación, la historia es efímera. Los increíbles récords de un Mundial quedan enmudecidos en el siguiente. A veces, incluso, en la carrera posterior. En los Juegos de Pekín 2008, Kosuke Kitajima rompió la frontera de los 59 segundos en 100 braza. Antes de ayer, Adam Peaty se convirtió en el primer nadador en bajar de los 58 segundos. Ayer, en el campeonato del mundo de Gwangju, nadó en menos de 57 (56.88). Amante de la Historia, de la Grecia clásica, el británico quiere ser parte de ella, como el Aquiles o el Poseidón que luce en sus brazos. Lidera el «proyecto 56», que define bien su objetivo: estirar los límites humanos. Los suyos, al menos.

Como uno de sus referentes, Alejandro Magno, quiere conquistar ese hito que lleva en su cabeza desde 2016. Desde que lograra el oro en los Juegos de Río -haciendo que sus padres, Mark, trabajador en Lidl, y Caroline, enfermera, viajaran en avión por primera vez-, se tatuara un león en el brazo izquierdo y pensara que podría nadar más rápido. Se acerca -57.92 en 2015; 57.55 y 57.13 en 2016; 57.10, en 2018; 56.88 el lunes, y con oros en mundiales y europeos desde 2014-, a ese registro mágico que esta generación creerá imposible de mejorar.

Quiere ser el rey de la piscina con 24 años, cuando de pequeño, en su Uttoxeter natal, rehuía de ella. Del agua en general, convencido por sus hermanos de que los tiburones podrían pasar incluso por el desagüe de la ducha y morderlo. Pero una final olímpica en la televisión y Mel Marshall, su entrenadora de siempre, lo sacaron de aquel error, y de otros que pasó en una adolescencia complicada, más dada al alcohol y las fiestas que al agua.

Es Marshall, una de las pocas entrenadoras en la élite, quien dirigió sus brazadas y su cabeza hacia el éxito. Incluso le quitó ese odio a las finales porque sentía náuseas. «¿Cómo funciona? Me levanto y hago lo que me dice. También ella está rompiendo moldes por su puesto. Si tú eres bueno en tu trabajo, eres bueno y ya está», admitía el nadador, que se conoce menos a sí mismo que Marshall, quien lo ha convencido de que sin persistencia, otro ocupará su lugar en el trono de la braza. Aliciente suficiente para un depredador como Peaty, que nada pensando en los que no creyeron en él, que se alimenta de las derrotas por mínimas que sean, que soñaba con alistarse en la marina, donde está su mejor amigo.

Su 1,91 metros y sus 90 kilos lo alejan del nadador espigado y ligero. No tiene una buena salida, ni va muy bien debajo del agua. No lo necesita. Sus brazadas son ágiles, eficaces, pero sobre todo son poderosas, capaces de arrastrar gran cantidad de agua en los últimos metros, y de paso, a todos sus rivales, para establecer nuevas marcas. Hoy tiene una nueva oportunidad de rugir en los 50 metros. Volver a silenciar la jungla que domina: la piscina.